China acaba de convertir en ley algo que debería ser criterio profesional. El tamaño de una tipografía, el gramaje del papel o el interlineado no son decisiones estéticas. Son decisiones que afectan directamente al cuerpo y al desarrollo de las infancias que leen.
Esta noticia me hizo pensar. No para señalar lo que se hace mal, sino para lanzar una invitación: ¿y si en España, editoriales, diseñadoras y sector educativo trabajáramos juntas para instaurar estándares de accesibilidad en materiales infantiles? No como obligación impuesta, sino como compromiso compartido con quienes nos leen.
El problema que nadie ve porque está en todas partes
Cada libro escolar, cada cuaderno de actividades, cada material didáctico llega a manos de niñas y niños después de cientos de decisiones de diseño. Tipografías elegidas por inercia o por catálogo. Interlineados que repiten lo de siempre. Papeles elegidos por coste. Contrastes que nunca nadie ha comprobado. Nadie toma esas decisiones con mala intención. Pero tampoco, en la mayoría de los casos, con la relevancia y la importancia de un criterio claro de accesibilidad.
Y eso tiene consecuencias reales. La fatiga visual en la lectura temprana no es un problema menor. Afecta a la concentración, al aprendizaje y, a largo plazo, al vínculo que cada persona construye con la lectura. Y no afecta a todas las infancias por igual: quienes ya tienen dificultades visuales, dislexia u otras diversidades funcionales encuentran en un mal diseño una barrera añadida que nada tiene que ver con su capacidad.

Lo que la regulación china pone sobre la mesa
La normativa GB 40070-2021 establece tamaños tipográficos mínimos según la edad, progresiones de complejidad visual vinculadas al desarrollo cognitivo, interlineados concretos, límites de blancura del papel y restricciones sobre blanqueantes ópticos que emiten luz azul.
Lo más revelador no es la regulación en sí. Es lo que revela: que todas esas decisiones ya tenían consecuencias antes de que nadie las regulara. Simplemente, no se nombraban como lo que son.
- La tipografía deja de ser una elección cultural para convertirse en una variable fisiológica.
- El papel deja de ser un soporte neutro para convertirse en parte de la experiencia visual.
- El diseño, en este contexto, es infraestructura. Afecta al cuerpo.
Diseñar con ese criterio no requiere una ley
Requiere incorporarlo desde el principio del proceso, no al final.
Cuando la accesibilidad entra en la fase de conceptualización, cuando está presente en la elección tipográfica, en la definición de la paleta, en las decisiones de maquetación, el resultado no solo es más justo sino que es mejor para todas las personas, no únicamente para quienes tienen necesidades específicas. Ese es el principio del diseño universal: lo que se diseña bien para quien más lo necesita, funciona mejor para todo el mundo.
En mi trabajo con materiales educativos e institucionales, ese criterio no es una capa añadida al final del proceso. Es parte del brief desde el primer momento. Porque un material que no puede ser leído con comodidad no cumple su función, independientemente de lo bien resuelto que esté visualmente.

Una invitación al sector
Las editoriales tienen criterio, equipos y tradición. Las diseñadoras tenemos herramientas, conocimiento técnico y mirada especializada. El sector educativo conoce las necesidades reales de las aulas. Tenemos todo lo necesario para construir juntas unos estándares de accesibilidad en materiales infantiles que no dependan de una regulación para existir. No hace falta esperar a que sea obligatorio para que sea lo correcto.
Estoy explorando la posibilidad de articular, junto a profesionales del sector, unas pautas de accesibilidad aplicadas a materiales educativos e infantiles: tipografía, contraste, papel, maquetación. No como documento teórico, sino como guía práctica y compartida que pueda usar quien diseña y quien encarga.
Si te interesa participar o simplemente saber cómo avanza, escríbeme. Cuantas más perspectivas, mejor será el resultado.




